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DISCAPACIDAD Y BDSM. (1)

4 marzo, 2013

DISCAPACIDAD Y BDSM

Algunas reflexiones sobre diversidad funcional y el consenso de relaciones BDSM. (1)
La discapacidad como objeto de deseo (2)

Por lena{DR}

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No existe mucha literatura sobre las prácticas BDSM en relación con la discapacidad en castellano, salvo alguna referencia esporádica en debates [1] o foros [2], y un único artículo traducido del que hablo más adelante. En inglés he encontrado algo más, aunque tampoco es que haya grandes bibliotecas llenas de estudios… La única referencia a nuestras prácticas que he encontrado en los sites más comunes de discapacidad y sexualidad, es una entrada en la web “Mitología de la sexualidad especial” [3] informando sobre el programa “21 días en las prácticas del sadomasoquismo”, en la que se hace especial mención a la participación de una persona con discapacidad (a la que casi todos conocemos en los círculos BDSM como Ama Sejmet[4]):

“En el minuto 48 del programa, comienza la historia de María; una mujer madrileña con artritis reumatoidea, que practica el sadomasoquismo”.

Como decía, no hay gran cosa. Es normal: la intersección de dos temas tabú, por lo habitual, multiplica el efecto tabú y por tanto su invisibilidad.

Y si la sexualidad de las personas con discapacidad ha sido y es aún un tema tabú, plantearnos esa sexualidad fuera de los márgenes de “lo normal”, adentrándonos en las peligrosas aguas de las sexualidades alternativas, es lanzarnos al vacío.

1Pero lo cierto es que las personas con discapacidad, con cualquier tipo de discapacidad y en cualquier grado, son como todos seres sexuales, con sus intereses, preferencias, apetencias y deseos. Su sexualidad no desaparece porque hayamos interpuesto entre la persona y nuestros ojos una etiqueta como es la de “discapacidad”, y tampoco se convierten de repente en seres inanimados sin vida ni proyección más allá de esa etiqueta.

Y sus necesidades e intereses sexuales no sólo existen, sino que el dato añadido de tener una discapacidad no hace que esas necesidades e intereses se ciñan estrictamente a la norma más moderada y socialmente aceptada, sino que pueden tender, como las de cualquier otro, hacia sexualidades alternativas menos “cómodas” para las mentes bienpensantes; Una silla de ruedas no vacuna contra la transexualidad, ni un audífono te hace más heterosexual, y nada impide que te guste disfrutar del dolor erótico, las relaciones múltiples, o te sientas interesado en formar vínculos con intercambio de poder.

La discapacidad no es “lo que la persona es”, no la define. Es algo que “tiene”, algo que la acompaña y tal vez condiciona, que puede limitar determinadas cosas pero que otras veces simplemente requiere hacer cambios y modificaciones en los procesos y, sobre todo, en nuestros conceptos y prejuicios.

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Una discapacidad, es, según la definición de la Organización Mundial de la Salud:

 “cualquier restricción o impedimento de la capacidad de realizar una actividad en la forma o dentro del margen que se considera normal para el ser humano. La discapacidad se caracteriza por excesos o insuficiencias en el desempeño de una actividad rutinaria normal, los cuales pueden ser temporales o permanentes, reversibles o surgir como consecuencia directa de la deficiencia o como una respuesta del propio individuo, sobre todo la psicológica, a deficiencias físicas, sensoriales o de otro tipo.”

La primera lectura que debemos hacer de esto es que todos en algún momento de nuestras vidas vivimos circustancias discapacitantes: embarazos [5], vejez [6], enfermedad, accidentes… Existen multitud de experiencias que pueden de forma temporal o crónica afectar nuestra capacidad para resolver y actuar en la vida diaria de forma “considerada normal”, entendiendo normal como la forma mayoritaria o habitual. Lo que no significa que durante esos periodos desaparezcamos, que esas circurstancias nos anulen como personas y, muchas veces, tampoco significa que no podamos resolver de otra forma diferente a la habitual las mismas actividades que se ven comprometidas. Incluidas las referentes al ámbito de las relaciones personales y sexuales. Es más: muchas de las circustancias que en nuestra vida pueden “discapacitarnos” son, o deberían ser, contempladas además como etapas o experiencias enriquecedoras y naturales, como por ejemplo el embarazo o la vejez.

Además esta definición nos lleva a la reflexión de que la discapacidad tiene un importante componente de construcción social, ya que lo que se considera actividad rutinaria normal depende de las exigencias de la cultura y sociedad en la que se vive. Es decir: uno puede hasta cierto punto ser discapacitado o no, en función de en qué siglo y marco geográfico nazca.

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“No hay personas con discapacidad, sino sociedades discapacitantes

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Y lo cierto es que actualmente vivimos en una sociedad que soporta importantes exigencias en cuanto a la perfección física, la belleza y la capacidad de sus miembros de hacerlo todo y todo bien. Vivimos bajo la amenaza de no ser esos seres de éxito que las revistas y medios de comunicación nos marcan como modelos, deportistas enérgicos y entusiastas, familiares comprometidos, profesionales de éxito, ciudadanos glaumurosos, consumidores a la moda, devoradores de libros y viajes, sexualmente deshinbidos pero sólo lo justito… Todos estamos, desde ese punto de vista, más o menos discapacitados, ya que nos encontramos ante unos cánones inalcanzables.

Estas consideraciones no las hago para quitar hierro a la discapacidad o fingir que no existe, a base de generalizarla como algo común a todos los humanos. Soy realista, es obvio que hay discapacidades que afectan muy seriamente a la participación de las personas en la vida diaria y su autonomía.

Mi intención es, por el contrario, tratar de centrar la atención en lo importante: lo importante no es la etiqueta, ni el tener o no tener un certificado de discapacidad valorado por los servicios sociales, ni debe ser lo que no puedo hacer (temporal o definitivamente) de forma considerada “normal”… lo importante, tanto en el BDSM, como en cualquier otro aspecto de la vida en general y en concreto, en este caso, con aquellos relacionados con la sexualidad y las relaciones interpersonales, es LO QUE PUEDO HACER. Lo haga de forma normal, o lo haga de forma atípica.

Tal vez si me rompo el brazo derecho no pueda cocinar, escribir, etc. con mi mano preferente, pero sigo teniendo la capacidad de aprender a realizar esa actividad de otra manera. Igual que hay personas con importantes alteraciones en sus funciones corporales y/o alteraciones anatómicas que han aprendido a resolver sus actividades diarias sustituyendo las funciones y miembros afectados por otros, por ejemplo escribir con los pies (¿o acaso deja de ser escritura si no se hace con las manos?).

Es el principio de diversidad funcional, que pone en primera línea las posibilidades de la persona y no sus incapacidades, deficiencias, enfermedades… No se niega la realidad y la existencia de una diferencia objetiva y normativa (estadística), pero se trata de superar el contenido peyorativo y excluyente de términos como minusvalía o anormalidad. La persona no “vale menos”, ni está “por debajo de lo normal”, ni es alguien definido como “no-normal”.

Este punto de vista nos permite ver más allá de las limitaciones que la etiqueta “discapacidad” impone, incluso aunque sea de forma inconsciente, y analizar cada caso, cada persona y cada actividad a realizar, buscando alternativas de forma constructiva. Nos permite tratar de romper el discurso excluyente y normativizador que habitualmente acompaña a la palabra “discapacidad” y que invisibiliza y discrimina los cuerpos y personas no-perfectas.

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Una vez acomodados en este punto de vista, pasamos a reflexionar sobre el BDSM y la diversidad funcional (aunque en la práctica seguiré por comodidad usando muchas veces la palabra discapacidad, que hoy por hoy es la que se utiliza mayoritariamente en muchos ámbitos)

No podemos plantearnos un análisis de la accesibilidad del BDSM a personas con discapacidad porque, en primer lugar, la palabra “discapacidad” no define nada concreto. Y “diversidad funcional”, menos. No nos da, por si sola, ningún dato sobre qué, cómo, cuánto… Hay muchos tipos de discapacidades diferentes según qué tipos de capacidades estén afectadas, muchas formas diferentes, dentro de las categorías clasificatorias, en las que una persona puede estar afectada en su “normal” funcionamiento, muchos grados diferentes de afectación, y muchísimos factores a tener en cuenta… Y tampoco BDSM define nada en concreto, BDSM son sólo unas siglas que agrupan una serie de prácticas de lo más variado, cada una de las cuales puede a su vez llevarse a cabo de mil maneras en cuanto a grados de intensidad y durabilidad diferentes.

No se puede decir “la persona con discapacidad puede/no puede practicar BDSM”, ni es mi intención analizar de forma exahustiva todas las posibles combinaciones..

Una clasificación clásica de las discapacidades según la OMS es la que establece cuatro grandes bloques según el tipo de capacidades comprometidas.

Discapacidad física: Esta es la clasificación que cuenta con las alteraciones más frecuentes, las cuales son secuelas de poliomielitis, lesión medular (parapléjico o cuadripléjico ) y amputaciones.

Discapacidad sensorial: Comprende a las personas con deficiencias visuales, a los sordos y a quienes presentan problemas en la comunicación y el lenguaje.

Discapacidad intelectual: Se caracteriza por una disminución de las funciones mentales superiores (inteligencia, lenguaje, aprendizaje, entre otros), así como de las funciones motoras. Esta discapacidad abarca toda una serie de enfermedades y trastornos, dentro de los cuales se encuentra el retraso mental, el síndrome Down y la parálisis cerebral.

Discapacidad psíquica: Las personas sufren alteraciones neurológicas y trastornos cerebrales.

Pero a nosotros lo que en el momento de plantearnos una relación BDSM nos va a importar, más que las categorías clásicas o el grado de minusvalía reflejado en el certificado de discapacidad, es la realidad exacta y concreta de la persona en cuestión. Igual que tampoco me voy a detener en la diferencia entre minusvalía, enfermedad, discapacidad, trastorno…

Para que dos personas valoren el inicio de prácticas BDSM, cuando uno de los dos tiene diversidad funcional, no importa tanto conocer el nombre de una enfermedad (por ejemplo), como saber cómo afecta exactamente a la salud y funciones de la persona, y cómo esta convive con esa enfermedad, qué precauciones extras debe tener, qué puede o no hacer, qué estrategias utiliza para superar limitaciones… Y en eso, quien mejor puede guiarnos es la propia persona.

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En definitiva, el primer eslabón en la cadena de consideraciones a tener especialmente en cuenta a la hora de establecer relaciones BDSM, habiendo una discapacidad por medio, es la necesidad de AUTOCONOCIMIENTO.

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Es obvio que el autoconocimiento, como todos los demás aspectos que mencionaré después, es necesario para todos tengamos o no tengamos discapacidades, y tanto fuera como dentro del BDSM (al fin y al cabo las relaciones son siempre relaciones y los principios básicos sobre las que se sustentan sólo se diferencian en matices prácticos, sean relaciones bdsm, de pareja, de negocios, de amistad…). Pero vamos a centrarnos en el BDSM.

Sin conocernos bien y saber cómo somos, qué queremos realmente y cuales son nuestras circunstancias, posibilidades y limitaciones, no es posible hacer elecciones. Al menos no sin minimizar los riesgos de estamparnos por el desajuste entre las expectativas y la realidad. Difícilmente podemos establecer las bases de una relación que debe satisfacer nuestras necesidades y deseos si no sabemos cuales son éstos, o si nos dejamos llevar por fantasías que no cuadran con nuestra realidad personal y familiar, por muy excitantes que sean esas fantasías.

Pero en este caso es especialmente importante que la persona con diversidad funcional conozca en profundidad todo lo relacionado con su discapacidad, y que sea especialmente exhaustiva y honesta consigo misma a la hora de valorar lo que puede y lo que no puede hacer. Igual de exhaustiva y honesta que ha de ser a la hora de transmitir toda la información relevante a su compañero de juegos. Es ella quien mejor sabe qué aspectos de su vida, su salud, su movilidad, etc. están comprometidos y de qué manera, y quien conoce mejor las alternativas y estrategias que le permiten (o no) “hacer de otro modo” y superar las limitaciones. Al fin y al cabo, ya está aplicando esas estrategias u otras parecidas en sus rutinas diarias.

En su artículo “BDSM para personas con discapacidades, Raven Shadowborne nos comenta su experiencia y presenta algunos ejemplos de cómo adapta la práctica BDSM a sus dificultades físicas sin renunciar a ella.[7]

Por su parte en “Our disability” MG & cleo}, presentan un caso especial: cómo reaprender y retomar el modo de vida y las actividades BDSM cuando la discapacidad aparece de repente dentro de una pareja previamente consolidada, como consecuencia de un accidente vascular. [8]

En la misma línea que Raven Shadowborne, pero mucho más exhaustivo, (a veces un poco incluso caótico hacia el final, como una serie de pinceladas con ideas y estrategias para la práctica sexual y bdsm con diferentes problemas médicos y discapacidades y  links a lugares de compra de herramientas útiles), Electris Switch en el texto “BDSM Education- Tips For Those Disabled/Handicapped” plantea desde consejos para interactuar con personas discapacitadas hasta un interesante listado de puntos a tener en cuenta para que los organizadores de eventos y locales hagan los espacios y actividades más accesibles. [9]

En España, aunque han proliferado mucho las iniciativas de personas y grupos que organizan y buscan alternativas para el encuentro y el disfrute de este tipo de actividades en comunidad, estamos aún lejos de plantearnos que estos oasis cuenten además con medidas contra las barreras arquitectónicas y demás (¿alguien se acuerda del Dark Sabbath?). Aún así puede ser interesante echarla un vistazo si vamos a organizar algo… Muchas medidas integradoras no requieren grandes inversiones en obras y tecnología, a veces basta sólo un poco de consideración y empatía, cambiar la localización de algunas cosas, pensar en el otro…

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Pero ese AUTOCONOCIMIENTO no debe ser exclusivo de la persona con discapacidad, es importante que la otra parte también haga un ejercicio de buceo en sí misma, que saque bien a la luz sus deseos y necesidades y que, más allá de lo políticamente correcto, sea honesta. No hay nada más peligroso para una persona con discapacidad que un compañero compasivo. Que alguien tenga una discapacidad no significa que tenga que caerte necesariamente bien, ni que tenga que resultarte sexualmente atractivo. No eres mala gente si esa persona en particular no te interesa, o si tienes que renunciar a la relación con ella porque esa relación carecería de algo en concreto que para ti sea imprescindible.

Exactamente igual que si no tuviera discapacidad: hay que buscar compañeros compatibles con los que tengamos intereses comunes, formas parecidas de entender las relaciones de dominación y entrega, límites compatibles… Todos podemos (y debemos) negociar al establecer nuestras relaciones, habrá cosas a las que tal vez renunciemos y otras que no nos parecían especialmente interesantes pero que aceptemos porque interesan al otro. Pero ninguna relación tiene futuro si se renuncia a aquello que para nosotros sea imprescindible, o si nos empeñamos en aceptar situaciones y actividades que nos son insoportables. Esto vale tanto para dominantes/tops como para personas sumisas/bottoms [10].

Hablo de relaciones que se inician, no de aquellas parejas previas, ya acostumbradas a convivir con la diversidad funcional, que deciden en un momento dado incluír prácticas BDSM en su relación. Estas está claro que ya conocerán de primerísima mano todo lo necesario y tendrán las herramientas necesarias para superar los posibles problemas; sólo necesitarán adaptar alguna cosilla y ponerse al día, si acaso, en las costumbres y “reglas” del juego BDSM, en caso de que las desconocieran. Caso a parte es el de aquellas que sin conocerse de antes se platean iniciar una relación o una sesión juntos, que es en general el tipo de personas en las que pienso al escribir este texto.

Y en este caso, un fallo en la calidad de la comunicación no pone sólo en riesgo el feliz futuro de la relación, sino que puede suponer un problema de seguridad muy importante tanto para la persona discapacitada como para su pareja.

Y no me refiero sólo al caso de sumisos expuestos a dominantes que subestimen la influencia de su discapacidad a la hora de garantizar la seguridad de quién se le entrega; una persona en el papel de dominante que no haya informado detalladamente de problemas cardíacos o de cualquier otra índole, alguien que desde el rol sumiso silencie por vergüenza ante el candidato a Amo/a problemas que pueden surgir en la práctica BDSM, cualquiera en cualquier rol que se deje llevar por el “si total, nunca pasa nada” y se descuide… El entusiasmo inicial, que de por sí es mal consejero en toda negociación porque puede arrastrarnos a decisiones precipitadas o imprudentes, es en estos casos algo muy a tener en cuenta. Mejor frenar, por muchas ganas que se tenga, y repetir el proceso y las conversaciones cuantas veces sean necesarias.

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La COMUNICACIÓN, uno de los pilares básicos de cualquier relación BDSM, se presenta aquí como una herramienta imprescindible. No se puede dar nada por supuesto. Hay que ir más allá de lo acostumbrado a la hora de entrar en detalles, y contar y preguntar sin tapujos ni falsos pudores todo lo que sea necesario.

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Ryn Gibbs, afectada por discapacidad auditiva, en su texto “BDSM & Disabilities”, además de comentar cómo interfiere su pérdida de audición con el acceso al subespace y algunas estrategias que tuvo que aplicar en sus prácticas BDSM, nos cuenta cómo esa falta de comunicación y previsión de la que hablábamos supuso el fracaso de su primera sesión. [11]

“Hasta que me vendaron los ojos, no me di cuenta de lo mucho que me baso en las señales visuales para llenar los “espacios en blanco” de mis pérdidas auditivas. Ni siquiera pensé en la lectura de labios porque me es secundaria. Llegó como un shock cuando mi dominante murmuró una instrucción para que me moviera de una manera determinada y no pude responder porque yo no había entendido nada, tuve un cada vez más irritado e impaciente Dom entre manos y yo estaba siendo castigada por no escuchar correctamente! Muchas lágrimas y una palabra de seguridad más tarde (no puedo recordar quién dejó la escena, probablemente el Dom), estábamos hablando de las implicaciones de mi pérdida de audición en el juego.” [12]

 

Una especial atención al CONSENSO:

Cuando tratamos con la discapacidad, sea en primera persona o sea nuestro futuro compañero de juegos el afectado, una cuestión que personalmente creo que merece una especial consideración a la hora de plantearnos inicar relaciones BDSM es el CONSENSO.

La práctica del tipo de actividades que comúnmente reunimos bajo el paraguas del BDSM exige un consenso que no se reduce a la confirmación explícita del consentimiento. No es suficiente que las personas implicadas digan que están de acuerdo, sino que requiere que quienes consienten lo hagan desde una base sólida y negociada, que conozcan bien lo que están a punto de realizar, en qué condiciones se hará y qué posibles consecuencias pueden derivar de esos actos.

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– ¿Tengo/tiene la otra persona toda la información necesaria y realmente la comprendemos? Es responsabilidad de ambas partes asegurarse tanto de que personalmente disponen de esa información, lo más completa que sea posible, como de que la otra persona está en plenas condiciones de consensuar y también ha entendido las reglas del juego en igual medida. Esto, independientemente de que hablemos de relaciones estables o de sesiones esporádicas; el consenso es igualmente necesario.

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Este punto nos remite a lo que anteriormente comentábamos sobre el autoconocimiento, la comunicación y la honestidad: una persona que no tiene toda la información que necesita no puede consensuar, sea cual sea el rol que va a asumir y sea por falta de información sobre las prácticas que se van a realizar o por falta de información sobre las condiciones exactas de su compañero de juegos.

Y una persona que aunque tenga toda la información no es capaz de entender realmente las implicaciones de lo que se está pactando, tampoco puede consensuar. Este es un punto a tener muy en cuenta a la hora de plantearnos practicar BDSM con personas afectadas por determinadas discapacidades, tanto al iniciar una relación, como a la hora de comenzar cada sesión independiente. El consenso acordado hoy no justifica los hechos de mañana, y puede dejar de ser válido si varía la voluntad o las circunstancias de las personas implicadas.

Igual que sufres temporalmente una discapacidad física si te rompes una pierna, ya que se altera la capacidad de realizar determinadas actividades de forma normal, también se altera nuestra capacidad de razonar y comprender temporalmente si estamos bajo el efecto de drogas o determinados medicamentos, o si acabo de sufrir un shock que puede influír en mi capacidad de tomar decisiones responsables y meditadas, o si sufro de depresión…

La gran mayoría de las personas con discapacidad que encontraremos habitualmente en nuestro entorno BDSM no tienen, en general, ningún impedimento especial para comprender una negociación y establecer un consenso. O al menos ningún impedimento que no podamos tener el resto. Pero creo que el daño que puede derivar en los casos en que sí encontremos esos impedimentos justifican detenernos a hacer esta reflexión. Reflexión que, de todas formas, podemos extrapolar y aprovechar en nuestras relaciones habituales, aunque no haya en ellas diversidad funcional por medio.

Es especialmente importante valorar con muchísimo cuidado la capacidad real de consensuar de nuestro compañero antes de comprometernos en una relación BDSM con una persona que tenga limitaciones de tipo cognitivo, o determinados trastornos psicopatológicos que puedan comprometer su capacidad de comprender la realidad o de controlar su propia conducta. Por ejemplo déficits cognitivos (retraso mental), trastornos del desarrollo relacionados con el espectro autista, anorexia, problemas mentales como la esquizofrenia, depresiones agudas,…

No significa esto que un diagnóstico de psicopatología ya incapacite para estas prácticas, depende de qué, cómo, en qué condiciones… Hay por ejemplo personas con dificultades para la interpretación de las intenciones y la interacción social, pero que están muy lejos de ser un autista de libro, y pueden perfectamente solventar este problema si se presta especial cuidado al uso de un lenguaje directo y claro, reforzando la comunicación, asegurando la comprensión mediante feed-baak, evitando dobles sentidos… La mayoría de las etiquetas son muy amplias, caben muchas cosas con muchos matices.

Y a veces encontramos personas con edad suficiente y sin ninguna discapacidad ni problema que se sepa, pero que detectamos que “viven en las nubes”, o que no son realmente conscientes de lo que se está negociando ni disponen de la madurez para poder consensuar con ellas. Lo importante por tanto es, insisto, asegurar la capacidad de consenso de esa persona en particular y en ese momento en concreto.

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Especial2

Aunque este texto se centra sobre todo en la capacidad de criterio objetivo para establecer un consenso, Felina (psicóloga clínica y practicante de BDSM), en el especial nº2 de Cuadernos de BDSM “El lado oscuro del BDSM: las relaciones destructivas” [13], aporta también su opinión profesional sobre la conveniencia de practicar BDSM en algunos de los casos que he mencionado, aunque ella lo plantea desde el punto de vista de la prevención y relacionándolo con la seguridad de los participantes y los requisitos para garantizar una relación sana:

“Por último, y a mi juicio, deberían abstenerse de participar en las actividades de BDSM, aquellas personas con trastornos mentales graves, aunque la enfermedad esté en una fase inactiva, sobre todo en el caso de:

Depresiones profundas.
Bipolares.
Esquizofrenias.
Cuadros graves de ansiedad.
Personalidad antisocial, límite o narcisista.

Ocurre el caso, de que muchas de estas personas, sobre todo aquellas con trastornos de la personalidad, son atraídas por el BDSM como práctica de riesgo, de modo que si sabes que tu compañero de juegos padece alguna de estas alteraciones, es mejor que no sigas por este camino, por mucho que éste te asegure que se encuentra bien.

La razón de que deban abstenerse, no es por supuesto que no sepan controlarse o que la enfermedad les impida llevar una vida normal, es una simple medida de precaución, ya que las emociones fuertes  pueden funcionar como disparador o detonante de un cuadro florido, es decir, de una crisis psicótica o a una desorientación espacio-temporal de efectos persistentes. Son especialmente peligrosas en estos casos, las inmovilizaciones, la deprivación sensorial y el dolor intenso. Por la misma razón, deberían abstenerse de prácticas extremas, personas con epilepsia y otros trastornos físicos en los que no voy  a entrar, porque no es mi campo de conocimiento.”

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Además de asegurar que ambas partes poseen y comprenden toda la información sobre las prácticas que se van a desarrollar y el tipo de relación que se quiere construir, el consenso requiere otras condiciones para que sea válido:

– ¿Por qué yo/la otra persona deseamos realizar prácticas BDSM o adoptar un determinado rol? En  mi opinión no puede considerarse válido un consenso si existe la sospecha de que alguno de los miembros se embarca en la relación por “motivos equivocados”. Entendemos que el objetivo del BDSM es el placer y la felicidad de todos sus practicantes, y que las personas que lo practican lo hacen porque disfrutan de este tipo de relaciones. No es una vía desesperada de escape a la soledad a costa de cualquier renuncia, ni una forma de descargar en terceros nuestras fustraciones, deseos de autolesión derivados de problemas psicológicos, falta de autoestima, trastornos del autoconcepto…

Es cierto que el riesgo de que una persona se una a otra impulsada, no sólo por la atracción sincera, sino por la soledad o por el refuerzo que su autoestima recibe del interés que esa persona le presta, es un riesgo que existe en todo tipo de relación. Y también es verdad que una relación positiva BDSM ayudará a subir la autoestima de sus participantes, igual que lo hace cualquier empresa o relación en la que nos impliquemos  y nos aporte éxito y bienestar. Pero el BDSM no es una terapia, ni un escondite, ni un castigo.

En el caso de las relaciones BDSM, por ejemplo, es especialmente importante asegurarse de que la persona que se ofrece como sumisa no lo hace porque considere que “no vale nada y ese es por tanto su lugar”, ni porque crea que esa es la única vía a su alcance para encontrar alguien que la quiera o que esté dispuesto a tener relaciones afectivo/sexuales con ella. Por supuesto, tampoco el rol dominante puede ser una elección-excusa para compensar complejos o apaciguar frustraciones propias mediante el uso de la violencia sobre otros. Igual que tampoco debería comprometerse en prácticas sadomasoquistas quien lo haga movido por problemas internos de carácter psicológico, que le lleven a buscar en esas prácticas el castigo, la anulación, etc. Me parecen muy preocupantes por ejemplo las presentaciones que de vez en cuando se leen en la red, de personas que muestran problemas graves con su identidad sexual, y que aseguran odiar sus genitales y buscan alguien que se los torture o incluso mutile. No movidos por un objetivo de placer y felicidad, sino por infelicidad y autorrechazo. El sadomasoquismo consensuado y en general el BDSM no puede dar abrigo y respuesta a esas motivaciones.

Si bien la persona con diversidad funcional puede tener una autoestima a prueba de bomba, e incluso ser la parte fuerte de la relación, conviene recordar estas cosas. La discapacidad, y la experiencia que ésta conlleva de vivir situaciones sociales de diferenciación negativa, desventaja y frecuentemente rechazo por parte de terceros, hacen que no sea infrecuente que las personas con diversidad funcional presenten baja autoestima, problemas de autoconcepto y, según el tipo de discapacidad y la historia personal de cada uno, rasgos de excesiva desconfianza o por el contrario, necesidad de buscar en otros soporte y delegar en ellos su autonomía personal.

Considero que para establecer relaciones BDSM es necesario contar previamente con una buena autoestima y una capacidad de autogestión e independencia en general saludables.

Sean o no consecuencia de una discapacidad, este tipo de conductas y necesidades solapadas, a partir de un cierto nivel (todos dependemos un poco de los demás, todos podemos pasar rachas con la autoestima un poco floja…) pondrían en tela de juicio la validez de un consenso genuino. Ambos participantes deben valorar con mucho cuidado y honestidad si existen grados alarmantes de dependencia o de falta de autoestima que puedan hacer no recomedable iniciar la relación. Tal vez, en ese caso, convendría aplazar la decisión y tratar de mejorar la situación de la persona afectada, incluso solicitando ayuda profesional si hiciera falta. Cuando cuente con las herramientas necesarias de fortaleza, autoestima e independencia, podrá entonces plantearse el intercambio de poder y la participación en prácticas BDSM sin riesgos para ella ni su acompañante.

Igualmente aprovecho para anotar que no considero para nada sensato utilizar las caracteristicas derivadas de la discapacidad en, por ejemplo, juegos de humillación. Hay muchas otras cosas con las que podemos estimularnos sin recurrir a eso.

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Y de todas formas, las cosas como son: las personas con discapacidad que quieren practicar BDSM, si tienen ocasión, lo practican. Digamos lo que digamos en este texto y pensemos lo que pensemos cada cual en nuestras casas. De hecho, si hay centros profesionales que ofrecen servicios BDSM especializados [14]… por algo será.

Existen, igual que existen en todos los ámbitos de la vida, más allá de los estereotipos negativos. Por nuestra parte lo único que podemos hacer es tratar de construir, a partir de cómo nos relacionamos con los demás, una sociedad más inclusiva. Una sociedad en la que las etiquetas pierdan algo de su fuerza estigmatizante, y las personas no desaparezcan detrás de una silla de ruedas, unos audífonos, un diagnóstico, unas muletas… o de cualquiera de las muchas etiquetas que hoy por hoy nos limitan condicionándonos a los estándares normalizados para nuestro rol (mujer, hombre, pervertido, decente, transexual, heterosexual, homosexual, gordo, flaco, joven, viejo…).

Tanto si vamos o no vamos a establecer relaciones BDSM con una persona con discapacidad, aprender a ver el mundo en clave de diversidad, viendo siempre las posibilidades y alternativas, facilitará la integración de las diversas identidades sexuales de todos (incluidas las nuestras) y nos hará más sencillo asumir y disfrutar nuestra sexualidad con más naturalidad en todas las etapas de nuestra vida.

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Continúa DISCAPACIDAD Y BDSM (2): “La discapacidad como objeto de deseo”

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[1] Debate “La Discapacidad y el BDSM” en el canal @d/sBilbao de irc-hispano, recogido en su web http://dsbilbao.es/dsbilbao/debate_del_20022008.htm

[3] “Sadomasoquismo y discapacidad” en la web Mitología de la Discapacidad Especial:

http://sexualidadespecial.blogspot.com.es/2011/02/sadomasoquismo-y-discapacidad.html
El link propuesto en esa entrada dirige a la página principal de “mi tele”. Link directo al programa número 20: http://www.mitele.es/programas-tv/21-dias/temporada-3/programa-20/

[4] Blog personal de Ama Sejmet  http://entrega-bds.blogspot.com.es

[5] Al final del artículo indico un par de links a textos que tratan sobre el BDSM y el embarazo (en inglés). También se trata someramente el tema en el capítulo “SM y sexo seguro” del libro “BDSM, Introducción a las técnicas y su significado”, de Jay Wisseman (2004).

[6]  Hay un texto de Caged Heart sobre este tema, disponible en castellano gracias a la traducción compartida por Christopher ACH en su blog: “BDSM y la edad adulta: Envejecer y seguir disfrutando los placeres de la perversión” (Aging and Your BDSM Relationship: Growing Old and Enjoying Your Kinks) http://parejaasmdp.blogspot.com.es/2012/12/bdsm-y-la-edad-adulta-envejecer-y.html?zx=153eab59b6af7439

[7] “BDSM para personas con discapacidades” (“BDSM For Those Who Are Disabled”), de Raven Shadowborne (1998), y traducido al castellano por tara{STm}para la web “Leather And Roses”, es el artículo más conocido y divulgado por las webs y foros BDSM de habla hispana sobre este tema. http://www.leathernroses.com/spanish/disabilitiesspanish.htm

[8] “Our Disability”, MG & cleo} (2007) http://www.seekers.org.uk/disabled.htm

[9] “BDSM Education- Tips For Those Disabled/Handicapped”, Electric Switch
http://trisoc.wordpress.com/2011/01/15/bdsm-and-persons-with-disabilities/

[10] He incluido aquí los términos top y bottom, aunque generalmente uso persona dominante/ persona sumisa para todo tipo de relaciones BDSM, porque en realidad estas prácticas no siempre incluyen un intercambio de poder tipo D/s, y top/botton o activo/pasivo podrían ser más indicados en algunas relaciones en las que no medie dominación/entrega, por ejemplo prácticas sadomasoquistas.

[11] “Deaf & Dumb: stereotyping disorder, impairment, disability, and handicap“, Ryn Gibbs (1999)

http://www.gibbs.net.au/ryn/about/writing/bdsm-disability.html

[12] Traducción propia.

[13] El monográfico de Felina “El lado oscuro del BDSM: Las relaciones destructivas”, especial nº2 de CuadernosBDSM, es una lectura muy recomendable y yo diría que imprescindible. Aunque se centra más en la violencia en las relaciones de pareja, el acoso, etc., hace también mención a los problemas de la dependencia, trastornos mentales graves, adicciones…

http://cuadernosbdsm.sadomania.net/cuadernos/CBDSMESPECIAL-02.pdf

[14] http://salonkittys.com/bdsm/services/disabilities

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Fragmento del artículo “DISCAPACIDAD Y BDSM. Algunas reflexiones sobre la diversidad funcional y el consenso de relaciones BDSM. La discapacidad como objeto de deseo” de lena{DR}, publicado en CuadernosBDSM nº20 (febrero 2013)

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