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5 millones de euros por Las 120 Jornadas de Sodoma y Gomorra

14 marzo, 2013

El manuscrito del Marqués de  Sade “Las 120 jornadas de Sodoma y Gomorra” ha pasado a ser considerado de texto maldito a tesoro nacional.

La Biblioteca Nacional Francesa está dispuesta a pujar hasta los 5 millones de euros para poseer este rollo de 15 metros en el que el Marqués escribió durante su encierro en la Bastilla, entre el 22 de octubre y el 28 de noviembre de 1785, una de sus obras más polémicas. Con letra minúscula y por ambas caras, Sade detalla más de 600 perversiones que van desde el infanticidio, zoofilia, coprofagia… hasta la tortura más brutal, con el estilo cruel y descarnado que hizo de Sade padre del término sadismo. Hasta tal punto que el Marqués al ser liberado de la bastilla intentó esconder el texto, seguro de que de encontrarse lo condenaría definitivamente.

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14 de julio de 1789,  un hombre llamado Arnoux de Saint-Maximum rescató el escrito de las llamas que consumían a la Bastilla. Desde entonces y hasta nuestros días fue pasando de mano en mano y de nacionalidad en nacionalidad, con robos y ventas ilícitas de por medio, mientras crecía su leyenda. Actualmente la propiedad legal del manuscrito está en los tribunales, ya que hay dos posibles propietarios-herederos que se lo disputan. A no ser que Francia y sus 5 millones consigan el objetivo de pactar con ellos y llevarse a casa Las 120 Jornadas, dentro de un proyecto que pretende recuperar los manuscritos de las grandes obras de las letras francesas.

Según palabras del director de la Biblioteca Nacional “es un texto depravado. Pero a nosotros no nos corresponde hacer un juicio moral sobre lo que está escrito. Este documento es uno de los más radicales, extremos y atroces de la literatura francesa”.

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Completando la noticia y como recomendación bibliográfica (especialmente para quienes no disfruten leyendo a Sade y pasen de leer las 120 Jornadas -muy fáciles de localizar en la red y en bibliotecas públicas-), aprovechamos para mencionar la novela “Ciudadano Sade” de Gonzalo Suárez. Aunque en el fragmento que copiamos habla de 15 mamometros en vez de un rollo, pero detalles a parte es una novela interesante. Y que también sacamos de la biblioteca pública, dicho sea de paso.

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CIUDADANO SADE, de Gonzalo Suárez

Esta novela sobre el Marqués de Sade enmarca al personaje en su contexto sin llegar a ser una biografía.

Noble caprichoso y libertino, cuyos crímenes y abusos son consentidos y obviados una y otra vez por el buen nombre de la familia (y al fin y al cabo, ¿qué importancia tiene el daño cometido contra criadas o prostitutas?), vive su vida de placer en placer protegido por una suegra poderosa y siempre apoyado por su amante esposa. Pero la protección de Madamme de Montreuil acaba cuando seduce a su otra hija, quien le había sido puesta en bandeja por su propia esposa para retenerle en el castillo familiar, y por fin Sade acaba confinado en prisión durante largos años que dañan aún más su cordura y carácter.

Preso en el último piso de los seis de la torre La Libertad de la Bastilla (por lo que se autodenomina el Señor Seis de la Libertad), Sade sueña cada vez mas vivamente sus extremas fantasías. Está a punto de estallar la revolución francesa, y su pluma redacta Las Ciento Veinte Jornadas de Sodoma, cuya crueldad competirá con los hechos que la revolución está a punto de desencadenar.

Tal como le dice un editor al que visita nada  más ser liberado de su encierro:
“- Mucho me temo, señor, que la naturaleza humana está a punto de superar a vuestra imaginación.”

Tomo un par de fragmentos en los que se narra el nacimiento del relato en el marco del hecho histórico y que sirven al tiempo para conocer un poco el tono de la novela (que he olvidado en el curro y debería devolver a la biblioteca cuanto antes, ejem ejem).

(…)

Ya sólo le queda advertir al lector de que prepare su corazón y su espíritu al relato más impuro que jamás haya sido hecho desde que el mundo existe. Tan rimbombante afirmación no es, en modo alguno, exagerada. El marqués de Sade es absolutamente consciente de que nadie, antes que él, ha llegado tan lejos y nadie, después de él, osará darle alcance en la visión pormenorizada del horror que aniquila toda esperanza de ser algo más que una conjunción de órganos generados en un vulgar acoplamiento. Ésa es su venganza. Pero también sabe que sus ideas, más allá de toda opinión, sobrevivirán a la destrucción de los órganos que las han segregado, acordes con la naturaleza. Ésa es su filosofía.

Hay alguien dentro del castillo, presencias desvaídas, impalpables, que pronto cobran miembros y nombre, vienen de muy lejos o de demasiado cerca, el viaje ha sido largo o simplemente han estado allí, parásitos de su mente, hijos de sus ideas, o habitantes de otros mundos que le sugieren o dictan lo que piensa, desde el recóndito interior de su ser o desde fuera. Los reconoce, antes se expresaban a través de sus actos y ahora, entre los muros de su prisión, son huéspedes, sumisos o iracundos, que le exigen acción y reclaman existencia, con el subterfugio de considerarse personajes de una obra y pertenecerle, en consecuencia.  Artero proceder que, erigiéndolo en autor, lo pone al servicio y merced de una cohorte de fantasmas sedientos de la tinta de su tintero y del flujo de sus arterias, bajo la égida del espejo, donde sus imágenes se han dado cita, a la espera de encarnarse y confluir en un solo cuerpo, dejando de ser anónimo regurgitar de tinieblas que mueven y gobiernan, desde sus remotos orígenes, a la humanidad entera. Sólo necesitan la disponibilidad desesperada, la terca rebeldía, de un ser, desarraigado y solitario, como el marqués de Sade, para manifestarse a plena luz en el territorio de la conciencia, usurpando el bastión de la razón y el poder de la palabra. Súbditos o tiranos, se revelan como vísceras disfrazadas con atuendo teatral y desenmascarada desnudez, que ejercen las tareas encomendadas por el organismo narrador, implantando la lógica biológica que los rige y el impulso y calor de la sangre que los riega.

Por tortuosos conductos intestinales transpira la inspiración, como una ventosidad reabsorbida, en trayectoria ascendente, subvertido el itinerario en el reflejo de El Espejo de Edas*, donde Sade penetró por el ano de las catacumbas, aventurándose, entre materia fecal, disolventes digestivos, contracciones hepáticas, úlceras y ácidos del tubo esofágico, resoplidos del fuelle pulmonar, pulsiones del corazón prisionero, nauseabundas arcadas de garganta, hasta acceder a la masa del cerebro, forrado de terciopelo negro como el trono de la historiadora**, encerrado en la mazmorra del cráneo, sin más salida que la mirada, entre rejas, de sus ojos dolientes. Desde ese antro, en lo alto, pregeña y construye la estructura y estrategia que impondrá tétrico orden y control teatral al caótico relato, antes de descender los escarpados trescientos escalones, por la boca del volcán, hasta el cráter del sexo, que se abre y expulsa sobre el tapete del papel, los cuerpos y sus partes, senos, vulvas, culos, penes y sus húmedos efluvios, saliva, sangre, orina, heces y semen, apetitosa pitanza de palabras en un festín, donde el fuego es alimento, y la carne leño crepitante.

Eclesiásticos y aristócratas libertinos, mil veces más degenerados de lo que el marqués ha osado ser, asistidos por alcahuetas y gobernantas, cuya maléfica influencia y capacidad de maniobra superan la de su suegra, la señora de Montreuil, disponen de doncellas desvalidas y chiquillos de impoluta inocencia que se someten a meticulosos exámenes lascivos, a manos de lúbricos y decrépitos vejestorios de macilento pellejo y fétido aliento, antes de ser desflorados por verdugos, a los que no sacia ninguna atrocidad, incluidas las torturas y muertes más espantosas, para delectación de la depravada concurrencia participante, por turno, respetuosa siempre de los estrictos horarios, formas y normas establecidas en el reglamento de Silling***, durante diecisiete semanas de estancia. Nada escapa ala organización, ni al precepto de ser virtuoso en el crimen y criminal en la virtud, sin que  jamás el arrepentimiento venga a enturbiar el placer. La filosofía modela la conducta. La ley es una vulgaridad que sólo debe recaer sobre el pueblo, no es suficiente practicar el mal, es imprescindible, sobre todo, nunca hacer el bien. Resultando demasiado simple la atracción por la belleza, los espíritus más ardientes prefieren siempre la fealdad, razón por la cual ha sido previsto un elenco de ancianas malolientes, monstruos o personas contrahechas, además de cabras, pavos, perros, cisnes, simios, vacas, caballos, ovejas, gatos, ratas y serpientes. Ninguna aberración, por impensable que parezca, deja de ser ejecutada hasta sus últimas consecuencias. Basta una hostia consagrada, un padre y una hija casada, para reunir incesto, adulterio, sacrilegio y sodomía en una sola y abominable exhibición.

(…)

Sade, en la celda, ata con cordel sus manuscritos, más de quince mamotretos, y los apila en el suelo, para luego esforzarse inútilmente en separar del muro  la estantería, cargada con seiscientos volúmenes, en un ingenuo intento de esconder y proteger su obra, con el propósito insensato de, pasadas las turbulencias, encargar a Renée que se ocupe de la recuperación y traslado a lugar seguro. Le irrita imaginar a su esposa comulgando en el convento, mientras él hace solo sus maletas, inefable eufemismo, ante la inminencia de un viaje de imprevisible destino. Se sabe abocado a salir de allí muerto o ligero de equipaje. Da por perdidos los cien luises que le han costado los muebles, sus trajes con galones y bordados y los libros, algunos muy valiosos, pero se resiste a ver destruidos sus escritos, a los que se aferra con tanto ahínco como a la propia vida. La agitación interior contrasta con la parsimonia que la torpeza y el estupor imponen a sus movimientos. De pronto, la puerta cede, brutalmente desvencijada.

– ¡Ciudadano, eres libre!

(…)

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